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...En la mañana del 8 de febrero, los franquistas habían llegado a la
orilla oeste del Jarama ... tras meses de bombardeo... Málaga caía en
poder de los fascistas. Algunos milicianos, desconcertados por la derrota,
sin llegar a comprender cómo no habían podido presentar la misma
resistencia que Madrid, vagaban sin saber a dónde ir, cuando la huida ya
era imposible, sin más horizonte que ser empujados contra las paredes y
servir de diana a los “defensores de la justicia”, sin más delito que
haber intentado defender al Gobierno legítimo, que tan poco les apoyó. Sin
más juicio, sin más derechos. La carretera de la costa se llenó de huidos,
en medio de escenas dantescas. Al parecer Franco ordenó bombardearles. Se
utilizó la aviación, que, tras descargar sus bombas, continuaban haciendo
pasadas, en vuelo rasante, ametrallándoles, hasta agotar sus municiones.
Dicha carretera, en muchos tramos, discurre acotada por un farallón
rocoso, lo que imposibilita refugiarse o eludir la masacre. Y también la
marina. En las zonas acantiladas, los buques se aproximaron tanto, que sus
víctimas podían ver los saltos de alegría de los marineros, cuando sus
obuses hacían “un buen blanco”, casi todos, a tan escasa distancia, que
lanzaba muchos despojos humanos por los aires. Observaron que los impactos
contra los farallones desperdigaban metralla y trozos de roca en un radio
mayor, causando más muertos y heridos que los impactos directos.
...Eran casi doscientos kilómetros, llenos de curvas infinitas,
desesperantes hasta para quien las recorre en vehículo, siguiendo hasta
Almería, el refugio más cercano para tal masa humana, ya que Granada
capital estuvo en poder del fascismo desde el primer momento. Durante la
huida los más viejos, heridos, depauperados, sedientos o hambrientos, iban
quedando en la carretera. Mujeres enloquecidas aún amamantaban los
cadáveres de sus hijos. Cada vez que los buques y aviones cargaban su
mortífera munición se repetían los ataques. Y, a cada uno de ellos, los
niños se desperdigaban. Algunas personas los recogían, e incluso los
criaron el resto de sus vidas. Otras, sin comida ni agua, ya exhaustos, no
querían hacerse cargo de tal responsabilidad, que muriesen, unos u otros,
tomados de la mano de los que no eran de su familia. Una madre asfixió a
su hijo con su pecho, cuando un trozo de metralla, rebotado del farallón,
le destrozó su cabeza, desplomándola sobre el. Algunos milicianos que aún
conservaban algún arma, incapaces de soportar tales vivencias, se alejaron
de la carretera para suicidarse. Sin posibilidad de ofrecer ayuda a tan
inmenso enjambre humano, las casas y pueblos cerraban puertas y ventanas,
tal vez temiendo que los asaltasen. O para no dejarse conmover por tales
visiones. Muchas veces me he preguntado el motivo de tanta crueldad, que
me parecía innecesaria, gratuita, sin otro fin que el disfrute del
terrorismo. Por supuesto que la “justificación” esgrimida por los
franquistas, de que no querían dejar escapar a los milicianos, que
volviesen a combatir en otros sectores, es absolutamente insostenible: su
número era ínfimo, más aún el de sus armas.
Lo demuestran las fotografías que se conservan de aquella tragedia. Los
cercanos buques, y los aviones en vuelo rasante, podían diferenciar a la
perfección la insignificancia de los posibles combatientes respecto de la
colectividad masacrada. Mi respuesta, durante mucho tiempo, ha sido que se
pretendía implicar a todas las Armas en la represión, que nadie pudiese
quedar enteramente al margen de ningún colectivo implicado en asesinatos
terroristas, abominando del comportamiento de los demás sediciosos. Quizás
el sanguinario Mola hiciese algún comentario en tal sentido...
...contra la población indefensa, incluso en plena huida. Mientras tanto
las tropas terrestres se encargaban de la represión directa. Según un
informe del embajador británico a su Ministerio de Asuntos Exteriores,
aunque en la tardía fecha del 31 de agosto de 1944, en la primera semana
de “liberación”, se habían fusilado en Málaga 3.500 personas, y, en el
tiempo transcurrido desde entonces, se condenaron a muerte dieciséis mil
novecientas cincuenta y dos.
Actuó de fiscal franquista el diestro “Carnicerito de Málaga”, como se
denominó a Carlos Arias Navarro, último Presidente de Gobierno del
franquismo –lo que le permitió anunciar la muerte de Franco entre
femeninos sollozos- y primero de la recuperada monarquía, de la que trató
por todos los medios, incluso con todas las apariencias reformistas que
fuesen necesarias, impedir que fuese democrática. |
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